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Era el final del invierno y la temperatura había bajado tras varios días templados. Para hacer el camino a la escuela aún más helado, había llovido recientemente y permanencía una niebla fría en el aire. 

Tom y Evan le echaron un vistazo al reloj digital frente al banco. Indicaba una temperatura de 32° F, 0°C. Entraron en una tienda de golosinas para comprar un refrigerio y calentarse un poco antes de continuar su camino a casa. 

Chapoteaban sus zapatos por los charcos de agua, caminando al puente del ferrocarríl. El puente, de cientos de metros de largo, estaba tendido muy alto sobre un río y contaba con una acera estrecha al costado de los rieles del ferrocarril. Era escalofriante cruzar el puente mientras pasaba el tren, pero la única forma de evitarlo era tomar una ruta diferente que agregaba 10 minutos más al camino. 

—Creo que deberíamos tomar el camino largo —sugirió Evan—. Es probable que el puente esté cubierto en hielo. 

—No hemos visto hielo. Las aceras solo están mojadas —respondió Tom. 

A pocos momentos estaban sobre el puente. Tom se resbaló sobre un charco congelado y se desplomó. 

—To lo dije —dijo Evan, burlándose de él. 

—¿Cómo sabías que habría hielo aquí cuando no hay hielo en ningún otro sitio? —preguntó Tom mientras Evan le ayudaba a levantarse.