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La primavera había llegado y las gemelas Frances y Fiona estaban contentas de que podrían empezar a pasar tiempo afuera en su jardín. El jardín de la familia estaba cubierto por árboles con ramas largas; el sitio perfecto para el pasatiempo de las gemelas de avistar aves. 

Frances tenía la labor de mezclar azúcar con agua para el bebedero de los colibríes. En el pasado, las niñas habían notado que mientras más dulce preparaban el almíbar, más colibríes venían. Este año Frances había decidido hacer la mezcla lo más dulce posible. En la cocina, agregó el azúcar al agua caliente hasta que el azúcar empezó al acumularse al fondo de la hoya aun cuando revolvía el agua. Luego llenó el bebedero de los pájaros con la solución de agua. 

—¡Me encanta cuando vemos muchos colibríes! —exclamó Frances, tapando el bebedero. 

Las niñas colgaron el bebedero de una rama que podían observar desde su terraza. Pasaron varios días antes de que empezaran a aparecer los colibríes, y cuando por fin llegaban, se iban casi al instante. 

Las niñas fueron a revisar el bebedero. 

—Creo que veo el problema —dijo Fiona, raspando polvo de los hoyos en el bebedero. 

—¿De dónde salió eso? —preguntó Frances. 

—Los pájaros no pueden sacar la mezcla del bebedero —dijo Fiona—. Este polvo que está obstruyendo las aperturas en el bebedero es azúcar. 

—Pero yo no puse azúcar en la parte de afuera —protestó Frances—. Y dejé de agregarle azúcar al agua cuando se empezó a acumular en el fondo mientras la revolvía. Sé que cuando el agua ya no aguanta más azúcar, está saturada y no puede disolver más. ¿No es cierto?